Hace décadas entendimos que el Mundial no es sólo un evento deportivo, también implica cientos de negocios y proyecciones económicas englobadas dentro de su marca.
La consultora británica Brand Finance estimó que la marca FIFA World Cup 2026 tiene hoy un valor de 5.200 millones de dólares. No se trata de lo que recaudó la FIFA durante el torneo ni de un hipotético “precio” del Mundial, sino del valor económico de su marca y de su capacidad para generar ingresos en el futuro. De ese total, 1.900 millones de dólares corresponden a patrocinios, 1.800 millones a los derechos audiovisuales, 809 millones a la venta de entradas, 397 millones al merchandising y las licencias oficiales, y 313 millones a experiencias VIP, productos digitales y otras actividades comerciales.

En este contexto, cientos de marcas, licenciadas o no, pelearon por visibilidad y relevancia.

Estrategias con “OK” Oficial

Desde lo deportivo Adidas, Nike y Puma quedaron en el podio vistiendo a más del 75% de las 48 selecciones que participaron. Estas tres marcas, junto a New Balance y Skechers, también fueron los creadores de los famosos botines rosas/fucsias que tanto revuelo causaron.
La iniciativa se llevó a cabo por 3 razones principales:
Pronóstico de tendencia (en 2024 se proyectó que el “Electric Fucsia” y variantes de rosa intenso serían los colores dominantes de la temporada de verano de 2026)
Contraste con el verde del césped (resaltan en vídeos y fotos)
Cero coincidencia con las camisetas (ninguna de las 48 selecciones utiliza indumentaria fucsia o rosa. De esta manera, las marcas se aseguraron de que los botines de sus futbolistas jamás se camuflaran con las medias o los pantalones de los uniformes oficiales).

 

Una herramienta interesante de publicidad fue el VBR (Virtual Board Replacement / Reemplazo Virtual de Vallas). Es una tecnología de nivel televisivo que permite que dos personas en diferentes partes del mundo miren exactamente el mismo segundo del partido, apunten al mismo cartel LED del estadio y vean marcas totalmente distintas. El proceso combina hardware avanzado e Inteligencia Artificial en tiempo real. De esta manera, el espacio físico que antes se vendía a una sola marca global hoy se puede vender en paralelo a decenas de anunciantes regionales distintos.

 

Mc Donalds diseñó hamburguesas inspiradas en jugadores y le dio vida a su local del obelisco en Ciudad de Bs. As. para que aconseje al de Times Square a través de una carta.
Coca Cola, por su parte, sacó 8 latas de edición limitada y centró su campaña en el concepto de “defender lo nuestro dentro y fuera de la cancha”.
Visa hizo lo propio con una campaña que buscaba “proteger las cábalas de Qatar 2022” y regalaba paquetes de viaje.
Lay´s tuvo la campaña global “No Lay´s no game” con Messi y Beckham, donde declaraban que los snacks Lays eran la moneda de cambio para socializar y disfrutar del fútbol.
Unilever centró la campaña mundialista en Rexona y Dove, centrando su campaña en la resistencia física y emocional del hincha bajo el calor del verano norteamericano.

Donde no hay licencia, hay creatividad

Levi´s, al no ser patrocinador oficial, debió cambiar el nombre del Levi’s Stadium por “San Francisco Bay Area Stadium” y tapar sus carteles. Entonces colocó una lona que calcaba perfectamente la icónica silueta de su logo sin mostrar las letras. La acción se volvió viral bajo un concepto de “rebeldía”.

Al Gillette Stadium (rebautizado temporalmente como Boston Stadium) le pasó lo mismo, por lo que  la marca cubrió sus gigantescos logos utilizando espuma de afeitar artificial espesa, simulando que el cartel se estaba afeitando. 

Uber diseñó una campaña de asistencia en las ciudades sede dirigida a los hinchas de selecciones eliminadas. Desplegó carteles móviles fuera de los estadios y Fan Festivals regalando packs de pañuelos descartables, códigos de descuento para volver a casa y consuelo para transitar la derrota. 


Burguer King fue a la carga total con su campaña “el patrocinador no oficial” donde utilizó el VESRE (Revés) para nombrar lo innombrable. Así copa fue PACO, Fifa fue FAFI y mundial DIALMUN. Y los spots remataban con “Los reyes no necesitan ser oficiales para ser memorables”.

Grido se sumó con su campaña “repatriados” enfocada en los argentinos que viven en EEUU, regalando un viaje para que uno puede volver a Argentina a ver el partido con su familia, además de crear una plataforma digital para que los familiares en Argentina les enviaran “vouchers” de helado a los residentes en el exterior para que se sintieran como en casa durante los partidos.

 

Sin embargo, en un torneo donde las marcas compitieron por segundos de atención, hubo una lección que ningún algoritmo pudo fabricar: las historias que conectan con una identidad colectiva son las únicas capaces de permanecer.

Durante semanas, el mundo miró una pelota. Pero el verdadero partido se jugó en muchos otros lugares: en las redes sociales, en las conversaciones familiares, en los anuncios publicitarios, en los memes, en las emociones compartidas y en las historias que cada sociedad eligió contar sobre sí misma.

Nunca antes las marcas tuvieron tantas herramientas para participar de la conversación: inteligencia artificial para crear contenido en tiempo real, plataformas sociales capaces de amplificar cualquier momento en segundos y audiencias acostumbradas a interactuar con las marcas, no solamente a recibir sus mensajes.

Pero, paradójicamente, cuanto más sofisticada se vuelve la tecnología, más evidente aparece una verdad antigua: ninguna herramienta puede reemplazar aquello que las personas realmente buscan: sentirse parte.

 

Un festejo de un jugador puede generar más impacto que un comercial de millones de dólares. Una imagen espontánea puede convertirse en símbolo mundial. Un gesto puede construir una narrativa más poderosa que cualquier campaña planificada durante meses.

 

El Mundial 2026 confirmó algo que el marketing digital viene aprendiendo hace tiempo: la audiencia ya no quiere solamente consumir mensajes, quiere participar en historias.

Por eso las firmas que mejor funcionaron no fueron necesariamente las que más hablaron, sino las que entendieron el contexto cultural del momento.

Las marcas ya no compiten por atención, compiten por significado.

Argentina: cuando una selección dejó de comunicar valores y empezó a demostrarlos

Argentina llegó al Mundial con una historia particular. Era el campeón defensor. Tenía la presión de sostener una expectativa enorme. Y tenía, una vez más, al jugador que durante años concentró una parte importante de los sueños, las críticas y las expectativas de millones de personas: Lionel Messi.
¿Podía un equipo liderado por un Messi cercano a los cuarenta años volver a competir contra las nuevas generaciones? La respuesta llegó partido tras partido.
Pero lo más valioso no fue sólo el resultado deportivo. Fue la narrativa que construyó el equipo.

En una época donde las marcas invierten millones intentando comunicar valores como compromiso, resiliencia, trabajo en equipo o autenticidad, la Selección Argentina los volvió visibles.
En un contexto geopolítico complejo, con un mundo cada vez más polarizado, donde las redes sociales funcionan como un campo de batalla permanente de opiniones, críticas, memes, etiquetas, desinformación y discursos de odio, el país del fin del mundo necesitó demostrar quién era. Y fue exactamente lo que hizo.

No necesitó explicar la unión, ni decir que había compromiso, ni describir el coraje.
Se veía en las lágrimas después de cada victoria, en los abrazos, en los jugadores que se apoyaban entre sí y en una manera de competir donde el equipo siempre estaba por encima de cualquier individualidad.

El sueño del Branding dirían por ahí…
Porque la diferencia entre un discurso y una identidad es muy simple: el primero dice quién querés ser, la segunda lo demuestra.
Y esto volvió a poner en evidencia algo que muchas marcas intentan construir durante años: comunidad.

Argentina no sólo tiene hinchas, tiene una comunidad que se reconoce en esa forma de pelearla: levantarse cuando las cosas no salen, seguir intentando, pelear hasta el final, juntxs.

 

La Selección funcionó para muchos argentinos como un espacio de encuentro que recuperó una sensación de pertenencia y les recordó quiénes eran. Y como un espacio de reivindicación, a su estilo, con un trapo, abrazados, gritando que los símbolos tienen poder porque condensan historias.

España: cuando una nueva generación construye una nueva identidad

Si Argentina llegó al Mundial con una narrativa vinculada a la épica, la historia y la resistencia, España construyó otro relato: el de la renovación, el de una generación nueva, el de una identidad que mira hacia adelante sin necesidad de negar su pasado.
La selección española representó una idea muy potente para las marcas: la posibilidad de reinventarse.
Ese cambio también fue una oportunidad para las marcas españolas.
Empresas vinculadas al deporte, la alimentación, la banca, el turismo y el entretenimiento encontraron una narrativa con la cual conectar: la idea de un país que vuelve a ilusionarse a través de una generación que representa futuro.

Nadie conecta con una promesa vacía

¿Qué pasa cuando termina la campaña? Hoy cualquier empresa puede contratar influencers, producir contenido con inteligencia artificial, comprar pauta y diseñar una narrativa atractiva. Lo difícil sigue siendo ser coherente con esa historia.
Las marcas pueden comprar visibilidad, pueden comprar alcance, pueden comprar segundos de atención…lo que no pueden comprar es una emoción genuina (desde una risa ingeniosa, una sensación de rebeldía o un llanto emotivo).

Las comunidades más fuertes no se construyen alrededor de un producto, un logo o una campaña, se construyen alrededor de una historia que las personas sientan propia y real.
Porque cuando una historia logra responder una pregunta tan humana como “¿quiénes somos?”, deja de ser comunicación para convertirse en identidad. 

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